En la nochevieja de 1976, Eva Nadal nació muerta en la Casa de Socorro de la calle Serranitos.
De su padre poco se sabía. No era de allí, seguro. Apareció con una chiquilla desvanecida encima de un burro y aporreó con saña la puerta de la Casa.
La Casa de Socorro de Rufaza prestaba servicios de urgencia desde 1897. Durante los años cuarenta y cincuenta fue la referencia sanitaria en la parte este de la ciudad, absorbiendo trabajo desviado desde el Hospital General y llegando a contar con una plantilla de diez enfermeras y cuatro médicos en turnos rotatorios. Con la construcción del tercer hospital en la ciudad su influencia fue decayendo hasta ver limitada su actividad a servir de centro de acogida de indigentes y dar asistencia puntual a heridos de poca importancia y borrachos ocasionales.
Esa noche hacían guardia en el puesto sanitario un practicante y la Madre Isidora, que preparaba una pequeña cena de celebración para los indigentes reunidos mansamente en el patio. Acompañaba a la monja una joven novicia de 13 años, que ejercía de asistente personal de la Madre Isidora.
— Ve a ver quién aporrea la puerta, Josefina, y dile que pare inmediatamente. Aquí se abre cuando se abre.
Josefina dejó el cuchillo y la cebolla a medio cortar, se limpió las manos en el delantal y lo dejó, doblándolo con cuidado, en la repisa de la alacena. Salió de la cocina, atravesó el pequeño comedor y echó un vistazo al dispensario donde dormitaba el practicante con el transistor encendido.
Según avanzaba por el pasillo que llevaba al patio de entrada, los golpes en la puerta se hacían más sonoros. Casi tenía que esforzarse para no echar a correr. La Madre Isidora odiaba las prisas y no permitía que la joven novicia perdiera la compostura bajo ninguna circunstancia. Josefina pensaba que podría verla desde cualquier lugar de la Casa de Socorro.
Abrió la puerta y se encontró cara a cara con Ramiro Nadal. Al ver la expresión de su cara morena y curtida, sus labios apretados con fuerza, casi invisibles, y sus ojos enrojecidos, sombríos como la noche que empezaba a formarse, se quedó inmóvil. Pensó que, quisiera lo que quisiera ese hombre, ella no iba a estar preparada.
Éste dejó de aporrear la puerta y la miró fijamente. No dijo nada.
Se volvió, tomó en brazos a la chiquilla que se retorcía en el viejo asno de la puerta y la echó encima de Josefina, dejando un pequeño rastro de gotitas de sangre desde el lomo del animal hasta los zuecos de la novicia.
Entonces Ramiro Nadal dio media vuelta, tomó al asno y desapareció de la vida de su hija-nieta para siempre.
Josefina intentó actuar con serenidad.
— La cena se sirve cuando se sirve. — Dijo a los cinco indigentes que observaban curiosos.
Se giró abrazada a la extraña, volvió a entrar a la Casa y cerró la puerta tras ella. Miró a la chica semiinconsciente y consideró que debían tener la misma edad.
“No pesa casi nada” —pensó.
Empezó a andar por el pasillo en dirección al dispensario cuando notó un chorro caliente resbalando por sus piernas. Lo primero que pensó fue que la chica se le había orinado encima. Anticipando una mueca de asco se miró hacia abajo.
Entonces gritó con todas sus fuerzas.
Josefina llevaba cinco meses como asistente personal de la madre Isidora en la Casa de Socorro. Huérfana desde los ocho años había quedado bajo la tutela legal de las monjas por alguna antigua lealtad familiar que ella desconocía. Al cumplir los 13 había decidido que tomaría los votos y dedicaría su vida a cuidar de los más necesitados.
—Josefina, toallas y agua caliente.
La joven monja inició la carrera perdiendo los zuecos antes de alcanzar el pasillo.
— ¡Josefina!
— ¿Sí? — Retrocedió y volvió a asomarse al dispensario— ¿Manda usted algo más?
—Sí. Que no te vea correr.
Josefina se ruborizó avergonzada y trató de contener el paso. El corazón le latía desbocado.
En la mesa del dispensario, el practicante trataba de contener la hemorragia mientras la madre Isidora acercaba un frasco a la nariz de la chiquilla que se desangraba.
— Ésta se nos va, boticario. Vamos a sacar al bebé.
— ¡Me cago en Dios!
—No blasfeme.
—No me llame boticario, cojones.
Josefina regresó con las toallas y un barreño de agua hirviendo. Se quedó paralizada en la puerta al ver la masa sangunolienta que comenzaba a aparecer por la entrepierna de la chica. Un líquido verdoso se mezclaba con la sangre que encharcaba la improvisada mesa de operaciones. La Madre Isidora captó la expresión de terror de Josefina.
—La placenta, niña. Placenta y materia fecal. El feto se asfixia.
— ¡No sale!— el practicante tiraba de la cabeza del bebé con todas sus fuerzas, pero la cabeza del útero no había dilatado lo suficiente.— ¡Hay que dilatar!
— Josefina, tráete el cuchillo grande, el de las cebollas. Rápido. — La madre Isidora intentaba limpiar la mesa mojando una y otra vez las toallas en el agua, ya tibia, del barreño.
Josefina, con las pupilas dilatadas, caminó a toda prisa hasta la cocina, notando como le ardían las pantorrillas y le martilleaba la sien.
—Aparta.
La madre Isidora rajó a la parturienta desde la pelvis hasta el esternón cortando la carne como si fuera mantequilla. El practicante liberó la presión del bebé y logró sacarlo. Era una niña. Estaba azul y no lloraba.
Josefina sentía una necesidad angustiosa de salir corriendo pero tenía las piernas ancladas a la sangre del suelo.
— ¡Sí! ¡Respira!— El practicante gritó con lágrimas en los ojos al ver un indicio de tos en el bebé.
La Madre Isidora lo examinó de cerca.
— ¿Está bien?— preguntó Josefina
—Ha nacido muerta, hija. Bastante tiene con haber resucitado. Seguramente quede mal. Pero ha resucitado, gracias a Dios.
El practicante envolvió al bebé en las toallas ensangrentadas y se lo entregó a la monja.
—Tengo que mear.
Josefina se secó las lágrimas y se acercó resbalando descalza por los azulejos.
—Madre Isidora.
—Dime, hija.
—Cuando has cortado para liberar a la niña…
— ¿Sí?
— ¿Ya estaba muerta su madre?
Me ha gustado mucho Mr. Browne.