Fuente. Marcel Duchamp

El camino del chi

Es conocido, aunque creo que no mucho, que el sentido de la vida se da a conocer en brevísimos instantes a lo largo de la existencia. Lo difícil, el verdadero reto, digo yo, es saber cuándo una se encuentra frente a uno de esos momentos.

Leí acerca de ello en la revista “Volar”, en el transcurso del vuelo Alicante-París que Marcelo me había regalado por mi santo. La revista hablaba del Kugoya, así lo llamaban, y de la Kugoyi School, un milenario templo de conocimiento a las afueras de Okayama que enseñaba las vías del chi y que acababa de establecer una oficina en pleno centro de Moratalaz. No se lo comenté a Marcelo porque se pasó todo el vuelo durmiendo, pero recorté el artículo y me lo guardé en el bolso.

Aterrizamos en París a última hora de la tarde. Esa misma noche, después del paseo por el Sena y una caminata quizás un poco larga por las avenidas desiertas de los campos Elíseos, desnudé a Marcelo y me hizo el amor en un apartamento buhardilla del barrio de los pintores. Y justo entonces, cuando llegué al orgasmo, una palabra se me desveló en las cubiertas de los edificios colindantes como el neón de un club de carretera: «Compromiso».

Dejé a Marcelo resoplando con una mano en la frente, como un marinero avistando tierra después de meses a la deriva, y me asomé al ventanuco. Las letras de mi palabra Kugoya habían desaparecido.

Le pregunté a Marcelo qué pensaba que podía significar que se me hubiera desvelado la palabra «compromiso» y él abrió mucho los ojos y luego se arrodilló delante de mí y me dijo que sí, que claro que lo había pensado y que por él adelante.

Nos casamos un veinte de mayo a las afueras del Barco de Ávila. En el banquete, una buena parte de los invitados se ausentó porque el Madrid se jugaba la liga en los noventa minutos que transcurrieron desde el primer plato al sorbete.

La vida con Marcelo fue satisfactoria y disfruté de orgasmos plenos y duraderos tanto por sesión amatoria como en su conjunto anual, sin embargo, no se me dio a conocer ninguna nueva palabra Kugoya y empecé a dudar. ¿La vida reducida al compromiso, al deber cumplido? Y más preguntas: ¿el deber conmigo o el deber  contraído hacia los demás?

Escribí a la oficina de la Kugoyi School con esas y otras preguntas de índole más práctico, como si era posible recorrer las vías del chi por cuenta propia, por economía de tiempo y energía, principalmente. Me respondieron al cabo de unas semanas con unos folletos descuento en herbolarios del barrio.

Al cabo de un tiempo, conocí a Jaime en clase de spinning y no es que congeniáramos inmediatamente, pero podría decirse que me acostumbré a su olor del kilómetro treinta. Cogimos confianza a base de bromas inocentes y cachetes en el culotte y, finalmente, una noche, en la fiesta del gimnasio, le conté lo que sabía del Kugoya y le expliqué que si bien mis orgasmos eran placenteros y duraderos no me estaban sirviendo para avanzar en el conocimiento de mí misma y de la vida. Me miró un rato y luego miró el reloj. Después escribió un mensaje a su mujer y me dijo que vale, que me haría el amor hasta que el diccionario entero se me revelase y nos fuimos de la fiesta a una pensión del centro, que él conocía por unos amigos.

Jaime se afanó lo que pudo y me trabajó boca arriba y boca abajo durante dos o tres horas. Al amanecer, cuando ya se daba por vencido, me dio un último empujón y entonces, en el techo de gotelé blanco crema de la habitación, se me desveló la segunda palabra: «Trascendencia».

Inmediatamente le di un codazo a Jaime que rodó por la cama hasta quedar boca arriba y le pregunté si veía la palabra, a lo que me dijo que no, y también que si ponía «Transcendencia» o «Descendencia», a lo que me respondió: «Trascendencia, transcendencia». Y luego se durmió o se desmayó y yo cogí mi ropa y me fui a casa.

No quise quedarme con la duda, así que le dije a Marcelo que teníamos que tener niños porque en eso radicaba el sentido de la existencia, en transmitir la semilla, dejar algo de nosotros, nuestra sangre, o al menos nuestras costumbres y enseñanzas, para cuando todo acabara. Trascender, apostilló Marcelo sorbiendo su café descafeinado, y yo dije: Pues mira qué bien. Dos pájaros de un tiro.

Pensé en legar algo artístico por si acaso. Siempre he tenido buena voz. Mi tía siempre se lo decía a mi madre: «vaya boca tiene la nena, Charo», así que me apunté a clases de canto y piano en la Academia Amadeus, que pillaba justo debajo de casa y así podía aprovechar la hora en que los nenes estaban en kárate. Después de un año ejercitando el diafragma, alquilé una hora en el estudio de la academia y me grabé interpretando el “Dama, Dama”, de Cecilia y la versión de “Los Sonidos del Silencio” que se cantaba en las convivencias del colegio de los niños. Guardé los casettes en la estantería del salón y me dije dos cosas: que, por esa parte, el legado estaba asegurado y que no, que aún no me sentía realizada.

Cuando el mayor cumplió diez años, Marcelo y yo llevábamos siete durmiendo en camas separadas. La Kugoyi School había dejado de contestar a mis cartas y, por lo que supe después, se trasladaron a Portugal porque la fiscalidad allí era más ventajosa. Antes del traslado, sin embargo, me dio tiempo a realizar los cursos por correspondencia de “La vía del chi”, que duraba un año y “La vía del chi Avanzado”, que duraba seis meses y proponía otros seis de prácticas en la sede de Kochi, a lo que Marcelo se negó diciéndome que si la vía del chi era trabajosa, mejor la trabajara por la zona de Monforte de Lemos, que era donde se encontraba la parroquia de los críos y donde tenía que tomar la comunión el mayor a finales de mayo.

El tres es el número cabalístico por excelencia, por detrás del 1 y el 2, la mónada y la díada; del 12 y el 24 por ser superabundantes; del 14, porque en él, el todo supera a las suma de sus partes; del 9, del 6 y del 5, por ser los números del demonio, del 16 y el 25, por ser cuadrados perfectos y del 15, la niña bonita. Así que pensé que mi vía del chi aún estaba por desvelarme una tercera palabra con el completo significado de la vida y así se lo transmití al catequista de mi hijo.

El chico se llamaba Rubén y era un estudiante de enfermería bajito y regordete, que, sin embargo, gozaba de cierta fama en la congregación porque era el solista del coro en las misas de sábado.

A Rubén le gustaba agradar y durante la comunión de mi mayor estuvo todo lo solícito que le pedí, hasta el punto que cuando le invité a acompañarme un rato, él miró a sus compañeros del coro y todos le dijeron que claro, que al fin y al cabo formábamos una familia y lo que es de uno es de todos.

Le costó entrar en materia, por su juventud y porque alguno de los invitados, probablemente uno de los mayores, no dejaba de aporrear la puerta del baño y eso le distraía. Cuando acabé, me estremecí con tanta violencia que casi abro el pestillo de un manotazo. En ese instante, en aquel último espasmo íntimo, perdí la fuerza en las piernas y el pobre Rubén no pudo evitar que me desplomara y que me rompiera la crisma contra la taza del váter. Por suerte, estaba inconsciente cuando el chico tuvo que sacarme de allí toda ensangrentada y con la falda por la cintura.

La ambulancia llegó pronto, pero no pudo hacer nada. Mi última visión fue un túnel oscuro con letrero luminoso al fondo, y en él una palabra desenfocada, la palabra que resume la vida de todos y que explica el porqué y por cuánto tiempo de cada uno de nosotros. El final del camino. Recorrí el túnel alegremente, dejando atrás sirenas, gritos y material quirúrgico. Recorrí el túnel y la palabra tomó forma lentamente, letra a letra como un arabesco sobre papel de seda. Y al final, con mi último hálito de vida, las puertas del cielo, metafóricamente hablando, se abrieron al leerla para mí:

 

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